Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Alice Neel: Rompiendo Barreras

Mujer fuerte, libre, activista política y social, fiel a sus principios por muy controversiales que estos fueran.

La retrospectiva Alice Neel: una mirada comprometida originó en el Centro Pompidou de París el pasado octubre. El 16 de febrero se inaugura Alice Neel: Hot Off the Griddle en el Centro Barbican de Londres. El título hace referencia a una cita suya: “Una de las razones por las cuales yo pintaba era para capturar la vida según su ritmo: noticias frescas”, lo que equivale a “hot off the griddle”.

La exhibición refleja cómo Neel rehusó a seguir las coordenadas artísticas de su tiempo: del expresionismo abstracto hasta el arte pop, el conceptual y el minimalismo. Ella se mantuvo fiel a la pintura figurativa a contracorriente de los movimientos artísticos, entrando y saliendo en Nueva York, donde vivió casi toda su vida.

Nacida en Pensilvania, 1900; en 1921 matriculó en la Escuela de Diseño para Mujeres de Filadelfia. Mientras asistía a un curso de verano en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania en 1924, conoció al pintor cubano Carlos Enríquez Gómez. Quizás la bucólica campiña contribuyó a que se enamoraran. Obcecado con Neel, Enríquez dejó de prestarle atención a la pintura hasta qué finalmente fue expulsado; ella renunció en protesta. Él regresó a Cuba, y ella a Filadelfia hasta junio de 1925 cuándo se graduó.

Tras un apasionado epistolario Enríquez viajó a Filadelfia, le propuso matrimonio y se casaron.

Él quería regresar a Cuba y aunque ella temía ir, finalmente accedió en 1926. Allí se instalaron en el barrio habanero de La Víbora; en diciembre de ese año nació su primera hija, Santillana del Mar, quien falleció meses más tarde. Durante el corto tiempo que vivió en Cuba exhibió públicamente por primera vez. De regreso a Estados Unidos se instalaron Greenwich Village donde nació Isabetta, su segunda hija quien Enríquez se llevó a Cuba en 1930 por un mes, la niña nunca regresó a vivir con ella. La criaron sus abuelos paternos y Neel la vio tres veces a lo largo de su vida. En 1982, dos años antes de la muerte de Neel, Isabetta se suicidó.

A consecuencia de perder a sus hijas sufrió una crisis nerviosa y desarrolló el interés por pintar madres e hijos. Mantuvo relaciones con diversos hombres, entre ellos el músico puertorriqueño José Santiago Negrón, padre de Richard, su primer hijo (1939). Con él se mudó de Greenwich Village –que se convirtió en el eje de lo que ella llamaba el “club para hombres de las cosas del expresionismo abstracto”– a Spanish Harlem, donde la población de inmigrantes europeos blancos marchaba debido a la llegada de puertorriqueños y dominicanos. Con el cineasta Sam Body tuvo su segundo hijo Hartley (1941). Los dos llevan el apellido materno. Nunca se separó de ellos, juntos compartieron las vicisitudes de una artista incomprendida y decidida a no someterse, ni dejarse quebrar por el rechazo y la pobreza.

Exploró la condición humana mediante retratos de los marginados, y lo hizo cuando no eran tema popular, en particular con la crudeza e intimidad que lo hacía, reflejando la fragilidad física y psicológica que afligía a muchos de sus modelos –vecinos en Spanish Harlem donde vivió desde 1938 hasta 1962–: una diversa representación étnica raramente reflejada en la pintura, especialmente por una mujer en ese momento. Poco antes de su muerte dijo, “Siempre me han gustado los perdedores, los desamparados tanto en la política cómo en la vida”.

También pintó familiares, amantes, figuras públicas, y rescató del olvido a muchos que, por lo general, nadie ve. Nunca dejó de escudriñar el dolor y las flaquezas presentes en los seres humanos porque, como dijo: “El yo, lo llevas atado al cuello como un albatros”.

La sexualidad, el sufrimiento y la maternidad son temas recurrentes en su obra. Sus desnudos, otra constante, reflejan una mirada muy diferente a la masculina dónde la mujer aparece objetivada: “Siempre he creído qué las mujeres deben resentir y rehusar aceptar los insultos gratuitos que los hombres les imponen”, dijo en 1971. Uno de los motivos porque no disfrutó de una vida holgada, ni de popularidad.

Pero esa manera de representar a las mujeres ganó el respeto del movimiento feminista en la década de 1970 y con ello comenzó el reconocimiento público. Por ello y por la persistencia de su hijo Hartley, en 1974 el Museo Whitney de Arte Americano montó la primera retrospectiva de su obra. Numerosas otras le han sucedido.

Compartir