
Eran las seis de la tarde, mientras en tres hogares distintos la vida seguía su curso entre tareas pendientes y rutinas familiares, nosotras estábamos frente a una pantalla tratando de descifrar un código del IRS. Éramos una contadora, una abogada y yo, en mi rol de consultora de organizaciones sin fines de lucro, intentando interpretar un párrafo fiscal que parecía escrito en arameo antiguo. En un momento de cansancio extremo mezclado con exceso de cafeína, una de nosotras dijo: «Bueno, señoritas… esta es la vida de una emprendedora, aquí estamos emprendiendo». Hubo tres segundos de silencio, de esos en los que el cerebro procesa lentamente, y luego un ataque de risa tan fuerte que tuvimos que parar la reunión.
Entre carcajadas, me cayó encima la ironía del momento. Porque si alguien me hubiera dicho hace diez años que mi vida iba a incluir resolver temas del IRS, hubiera respondido con un rotundo «no, gracias». Yo era de las que repetía que lo que quería era un trabajo estable, un cheque fijo cada dos semanas, beneficios claros y cero dolores de cabeza administrativos. Cuando escuchaba historias de gente abriendo negocios, siempre pensaba: «Eso no es para mí, demasiada responsabilidad, dema- siada incertidumbre»
Y sin embargo, aquí estoy. A través de una serie de decisiones, oportunidades, tropiezos afortunados y quizás un poco de destino, terminé en este rol que, hoy, sumando a otras aventuras empresariales, nos mantienen más ocupadas de lo que jamás imaginé. Aunque a veces no quiera reconocerlo, me convertí en lo que siempre dije que no sería: una emprendedora hecha y derecha. Tal vez, después de todo, estaba en la sangre. Mi abuelo árabe, comerciante incansable, siempre decía que el negocio se lleva en el ADN, aunque yo creo que también se lleva en las ojeras.
Lo que nadie te cuenta sobre ser emprendedora
La pregunta inevitable es: ¿realmente es tan maravilloso como lo pintan? En redes sociales, la vida de la emprendedora se ve impecable. Laptop color pastel, café con espuma artística, libreta bonita con frase motivacional, luz perfecta entrando por la ventana. La vida real, al menos la mía, es otra cosa. Es coordinar nóminas sabiendo que de ti depende que otras personas paguen su renta. Es apagar incendios metafóricos a todas horas y vivir con la agenda abierta como si fuera una extensión de tu brazo.
Ser emprendedora es ir de Zoom en Zoom, mientras intentas recordar si ya almorzaste o si eso fue ayer. Es lidiar con la culpa de no tener “horarios normales” y al mismo tiempo disfrutar, en secreto, de esa libertad rara de poder inventar, cambiar de rumbo y decidir qué proyectos sí y cuáles definitivamente no. Pero también sería injusto ignorar lo valioso del camino. Entre el caos y los ajustes de última hora, hay momentos de satisfacción real: escuchar que tu trabajo marcó una diferencia, ver materializada una idea que nació en una conversación improvisada, construir equipos y comunidades, sentir que lo que haces tiene propósito. Nada de eso cabe en un cheque fijo a final de mes.
A veces extraño la simplicidad del “antes”, pero luego miro lo que hemos construido y entiendo que elegí —sin planearlo— una vida donde el cansancio viene acompañado de sentido. No es perfecto, no es lineal, no es fácil. Y, desde luego, no se parece nada a la versión filtrada y brillante que se ve en Instagram. Ser emprendedora, para mí, es vivir en un equilibrio inestable entre el caos y la creatividad. No sé si el emprendimiento es todo lo que dicen que es.
No sé si es el camino para todo el mundo ni si siempre compensa el sacrificio. Lo que sí sé es que, a pesar de las cuentas por cobrar, de las nóminas y de las reuniones eternas, hoy no me imagino haciendo otra cosa. Porque al final del día, con todo y drama de telenovela, este caos es mío. Y en ese detalle, tan sencillo y tan enorme a la vez, está la razón por la que sigo diciendo que sí, incluso cuando lo más lógico sería decir que no.
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Foto: canva.com


