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La paternidad desde mi perspectiva: un tributo a los padres

La influencia de un padre no debe subestimarse. Esta edición especial dedicada al Día del Padre me ha brindado la oportunidad de reflexionar sobre este importante tema, y aprovecho la ocasión para compartir mi visión sobre lo que significa para mí la paternidad desde una perspectiva femenina. 

Aunque crecí sin la presencia constante de mi padre —ya que él vivía en otra ciudad—, fui afortunada de tener a varias figuras paternas que me guiaron en el camino. Mi abuelo materno, conocido por todos como «El Moro» debido a sus raíces árabes, fue mi primer amor. Recuerdo que, a la tierna edad de cinco años, le decía lo guapo que era, a lo que él respondía con humildad: «Me ves así porque me miras con ojos de amor». Mi abuelo era mi todo. Aunque nunca sabré cómo habría sido mi vida con mi padre presente, su ausencia me enseñó lo que yo quería para mi futuro y me impulsó a buscar una pareja que compartiera mis valores y, sobre todo, la importancia de criar a los hijos en conjunto, algo que considero que se ha perdido en esta vida moderna. 

Desde el inicio de nuestra relación, Ronald y yo hemos adoptado una práctica esencial: expresar abiertamente nuestra gratitud por las contribuciones del otro. Ya sea en tareas del hogar, preparando comidas o incluso sacando a caminar a nuestro «segundo hijo», un labrador retriever blanco llamado Elvis. Esta actitud proactiva nos asegura que ambos nos sintamos reconocidos y valorados en nuestros roles como cónyuges y padres. Este sencillo acto de agradecimiento fortalece nuestra relación y establece un modelo positivo para nuestro hijo. 

Tengo que reconocer que he aprendido mucho observando cómo él desempeña su papel de padre. Su paciencia, dedicación y amor incondicional hacia nuestro hijo me han mostrado el verdadero significado de la paternidad. Observando sus interacciones diarias, desde los pequeños momentos de juego hasta las conversaciones más profundas, me doy cuenta de cuánto aprecia la importancia de estar presente y de ser un apoyo constante. Su ejemplo me ha inspirado a ser una mejor persona y a valorar más el tiempo y las enseñanzas que compartimos en familia. 

Uno de los gestos que más disfruto —y que a veces más me saca de mis cabales— es cuando juegan a las manos, como si él fuera otro niño más. Ronald juega y lucha con nuestro hijo constantemente, convirtiendo el hogar en un lugar de risas y alegría. La risa es contagiosa, y la risa de un niño es el mejor sonido del mundo. Es en esos momentos de juego y diversión donde se crea un vínculo especial entre ellos, llenando nuestro hogar de amor y felicidad. Las carcajadas resuenan por toda la casa, creando una atmósfera mágica que disuelve cualquier preocupación. Aunque a veces me sienta un poco estresada al ver cómo se desordenan las cosas, no puedo evitar sonreír al ver la conexión tan profunda que se está forjando entre padre e hijo. 

Un buen padre debe tener la habilidad para transformar cualquier momento en una oportunidad de alegría y aprendizaje. Sus juegos no solo entretienen a nuestro hijo, sino que también le enseñan importantes lecciones de vida como la paciencia, la creatividad y la resiliencia. Estas interacciones diarias son las que construyen recuerdos imborrables y fortalecen los lazos familiares. 

Ver a mi esposo participar tan activamente en la vida de nuestro hijo me llena de gratitud y admiración. Su capacidad para equilibrar la disciplina con la ternura es algo que respeto profundamente. Cada risa, cada grito de alegría y cada momento compartido es un testimonio del amor y la dedicación que pone en su papel de padre. La paternidad es un viaje de amor, ejemplo y liderazgo. En este Día del Padre, celebro a todos los padres que, como Ronald, son faros de amor y guía para sus hijos. Su papel es invaluable y su influencia, eterna. ¡Feliz Día del Padre!

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