
Siempre he creído que la identidad no es un punto fijo en el mapa, sino un recorrido que uno lleva en la piel y en el alma. Que uno no es de un solo lugar, sino de todos los lugares donde ha amado, soñado o recordado. Yo nací en Cuba, sí, pero desde muy pequeña supe que mi historia venía con pasaporte múltiple.
Mi madre, hija de una puertorriqueña con alma de jíbara y un emigrante árabe con olor a dátiles y café, me enseñó desde niña que el Caribe y el Medio Oriente pueden convivir en una misma receta, en una misma melodía, en una misma conversación familiar. Por su parte, mi padre —nacido de una dominicana alegre y espiritual y un español de pura cepa— me transmitió una mezcla perfecta entre la fuerza, la fe y la diversión.
Cuando viajo por el Caribe, siento que regreso a casa una y otra vez. No importa si estoy en San Juan o en Santo Domingo, hay algo en el aire que me abraza, algo en los rostros que me resulta familiar. Y entonces entiendo que la sangre, cuando se asume, también es brújula.
Hay un lugar que siempre me despierta una emoción especial. Algo distinto, más personal. Cada vez que aterrizo en la República Dominicana, y especialmente cuando llego a Casa de Campo, siento como si una parte de mí —una que tal vez estaba dormida— se pusiera contenta y empezara a sonreír. No sé si es el mar, el ritmo, el calorcito o la energía del lugar… pero hay algo ahí que me hace sentir “en casa”. Como si mi historia estuviera echándose una siestecita bajo una palma y dijera: «¡Ya era hora que volvieras!».
En esas tierras, mi acento se transforma o mejor dicho, se mezcla. Y es que el acento dominicano —tan musical, tan cálido, tan espontáneo— se entrelaza fácilmente con el de Santiago de Cuba, y más de una vez me han dicho: «¿Tú eres dominicana, verdad?». Yo sonrío, porque aunque no nací allí, lo llevo conmigo. Y con orgullo.
Ser latina, para mí, es eso: es ser mezcla, es ser puente, es ser raíz y vuelo a la vez. Es saber que mi herencia no se puede encasillar en una sola bandera porque late en muchas: en los tambores de Quisqueya, en los versos del jíbaro, en los rezos antiguos de Damasco, en las calles empedradas de Andalucía. Todo eso vive en mí. Y yo vivo agradecida por esa riqueza.
En esta edición celebramos a la República Dominicana. Lo hacemos con admiración, con respeto y con amor. Porque es un país que no solo ha dado grandes artistas, empresarios, líderes y soñadores, sino que ha sido un faro de identidad para muchos de nosotros. En esta edición especial, queremos rendir homenaje no solo a sus paisajes y su cultura, sino a ese espíritu tan dominicano que sabe celebrar la vida incluso en medio de la adversidad.
Y yo, en lo personal, celebro también mi pedacito dominicano. El que heredé. El que descubrí. El que me habla cuando bailo, cuando río, cuando digo «¿y qué fue, mi amor?» sin pensarlo. Porque uno no tiene que haber nacido en un lugar para sentir que le pertenece.
En un mundo que a veces insiste en etiquetarnos y dividirnos, ser un melting pot es mi mayor fortaleza. Soy muchas culturas, muchas voces, muchas memorias. Y si algo me ha enseñado el Caribe es que en la mezcla hay magia. Que nuestras raíces, por diversas que sean, siempre encuentran la forma de florecer… especialmente cuando las llevamos con orgullo.
Foto: Juan Carlos Polanco Frías


