Palabras que inspiran: navegando la vida a través del arte de escribir 

Hace unos días, alguien me dijo mientras preparaba una receta de empanadas: “Esta masa me ‘pide’ más harina”. La frase resonó en mí, como si la masa misma estuviera susurrándole a la cocinera, revelándole sus necesidades en el simple acto de amasar. Este episodio me hizo reflexionar sobre la importancia de aprender a “escuchar” más allá de las palabras, a sintonizar con los matices que faltan o sobran para lograr la fórmula perfecta en todas nuestras creaciones. Y descubrí que eso es lo hago diaramente, a la hora de escribir: “escucho”.

En mi caso, la escritura no es solo un oficio; es la manifestación de la fuerza más poderosa que reside en mi interior. Mi fervor por la palabra escrita no solo dio origen a esta revista, sino que también sustenta mi propósito de vida. Me identifico plenamente con la figura de una cuentacuentos, una “escribidora” al estilo de las obras literarias de Mario Vargas Llosa. La escritura es mi pasión, mi vocación, y se ha convertido en el hilo conductor de mi existencia.

Disfruto tanto el acto de escribir que mis amistades y personas más cercanas me buscan constantemente para que plasme palabras en su nombre, ya sea redactando un importante correo electrónico o mejorando su hoja de vida laboral. Sin embargo, el ápice de mi disfrute surge cuando alguien me pide expresar emociones profundas, cuando se ven desafiados a encontrar las palabras exactas. En esos momentos, me siento como Florentino Ariza, el personaje de Gabriel García Márquez en “El amor en los tiempos del cólera”, quien, después de su trabajo cotidiano, se dedicaba a escribir cartas de amor en el parque para otras personas. Mi corazón experimenta una alegría indescriptible cuando tengo la capacidad de conmover a otra persona a través de mis escritos, al despertar sentimientos sublimes como empatía, respeto y amor. Es un privilegio poder canalizar estas emociones a través de las palabras, como si cada oración fuera una pincelada que revela la riqueza de las experiencias humanas. En ese proceso, encuentro mi propósito más pleno: ser un puente que conecta las emociones más profundas con el poder transformador de la escritura.

El escritor, en mi perspectiva, no es simplemente una mente racional que estructura tramas, ni solo unas manos hábiles que plasman palabras en papel, ni únicamente un corazón sensible que reconoce emociones y las proyecta en otros. Es todo esto de manera simultánea, una amalgama de sensibilidad, habilidad técnica y creatividad.

En mi búsqueda diaria, descubro que la verdadera esencia de mi existencia radica en la capacidad de impactar positivamente a las personas. Día tras día, persigo apasionadamente esta meta a través de mi trabajo. Me llena de fascinación la posibilidad de ser una fuente de inspiración, de alentar a los demás a soñar y a descubrir el deseo de vivir al máximo. El privilegio de lograrlo mediante mis escritos no solo es algo que valoro profundamente, sino también una responsabilidad que abrazo con dedicación, convirtiéndose así en el núcleo mismo de mi existencia cotidiana.

Espero sinceramente que estas palabras —y esta revista en su totalidad— sirvan como fuente de inspiración para comenzar este nuevo año. Desde estas páginas, te agradezco a ti, querido lector, la oportunidad que me brindas para hacer lo que amo. ¡Enhorabuena! 

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