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Por el mundo voy… con mis espejuelos verdes 

Desde mi infancia, los susurros de mi abuelita paterna, cuyos espejuelos tenían, literalmente, cristales verdes, resonaban con un proverbio que, aunque simple en palabras, encerraba sabiduría atemporal: “En este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Este refrán, como una melodía constante en mi mente, se convirtió, con el paso de los años, en un faro que ha iluminado mis pensamientos y acciones a lo largo de la vida.

No fue sino hasta la adolescencia que comencé a sumergirme en la profundidad de esta enseñanza. Las complejidades de la vida se manifestaron, presentándome desafíos y vicisitudes que, de alguna manera, ponían a prueba la perspectiva optimista que mi abuela tanto destacaba. En lugar de sucumbir a la negatividad, decidí abrazar la noción de que la verdad y la mentira son relativas, y que la percepción de la realidad está intrínsecamente ligada al filtro subjetivo que cada uno lleva consigo.

Con el paso del tiempo esta filosofía se convirtió para mí en más que una simple creencia; se transformó en una práctica consciente de mi día a día. Adoptar una actitud positiva ya no es solo un lema para mí, sino una elección deliberada en la forma que enfrento los desafíos. Descubrí que, al cambiar la perspectiva, podía transformar no solo la forma en que veía el mundo, sino también cómo me relacionaba con él.

La vida, en su constante fluir de experiencias, me ha brindado numerosas oportunidades para poner a prueba esta filosofía. Desde desafíos personales hasta adversidades inesperadas, y esta nueva trayectoria como empresaria me coloca diariamente en situaciones donde la elección entre la negatividad y el positivismo se torna palpable.

En este intenso caminar, he recurrido muchas veces a las enseñanzas de Dale Carnegie, el talentoso empresario y escritor estadounidense. A través de sus libros, aprendí la importancia de prepararse para lo peor pero siempre esperar lo mejor de cualquier situación. Como él afirmó con perspicacia: “La única discapacidad en la vida es una mala actitud”.

Optar por ver el mundo a través del “color del cristal” de la esperanza y la resiliencia no solo ha transformado mi enfoque hacia los desafíos, sino que también ejerce una influencia diaria en la calidad de mis relaciones y en cómo asimilo los constantes cambios de la vida.

Mantener una actitud positiva no significa evadir las dificultades, sino elegir enfrentarlas con una mentalidad abierta y llena de esperanza. Este enfoque, arraigado en la sabiduría transmitida por generaciones, ha dejado una huella profunda no solo en mi percepción del mundo, sino también en la manera en que navego las complejidades diarias.

Y tú, ¿de qué color eliges tu cristal cada día? Comparte tus experiencias conmigo en las redes sociales a través de @slarevista. ¡Quedo atenta de tus comentarios y deseosa por conocer tu perspectiva! 

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