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Despedida a Carlos Alberto Montaner: un hombre cabal

carlos alberto Montaner

Recordaré siempre a Carlos Alberto Montaner, nacido en La Habana el 3 de abril de 1942, por su amplia sonrisa, voz pausada, afilado sentido del humor, aguda inteligencia, optimismo y sensibilidad. Por su compromiso con la democracia, y el amor por la familia, una constante que llevó del brazo de Linda, su compañera inseparable por 65 años, y en la complicidad con su hija Gina, con quien compartió la estimación por el periodismo.

Su pasión por Cuba y la democracia son harto conocidas, a ellas le dedicó la vida con firmeza, energía creativa y lucidez. Defendió las libertades individuales y los derechos humanos con argumentos sólidos basados en la información objetiva y la buena voluntad, elementos esenciales particularmente en los tiempos que vivimos cuando ambos escasean peligrosamente. Vivió acorde a sus principios, dispuesto a pagar el precio que el ejercicio de la democracia exigiera, comenzando con la cárcel en Cuba a principios del castrismo, cuando era un adolescente.

Conocí a Linda y Carlos Alberto durante una reunión en casa de una amiga mutua a principios de los Setenta, cuando todos éramos veinteañeros. Los Montaner aún vivían en Puerto Rico donde él había publicado sus primeros libros, entre ellos Instantáneas al borde del abismo (1970). Durante las próximas cinco décadas he seguido sus pasos con respeto, agradecimiento y admiración.

Poco tiempo después se establecieron en Madrid. Allí fundó la Editorial Playor, publicó la primera de tres novelas, Perromundo (1972), llevada al cine una década más tarde, e inició una intensa actividad periodística. No obstante una bibliografía que incluye aproximadamente 25 títulos fue el periodismo, que él definió como “la mejor de las profesiones”, mediante el cual se destacó. Especialmente en sus columnas sindicadas con las cuales alcanzaba millones de lectores semanalmente y desde dónde defendía la democracia a ultranza.

Aunque tal como él lo asumió, “ningún tema le es ajeno” a un periodista, Carlos Alberto se convirtió en referente de aquellos relacionados con la democracia en el contexto de América Latina. La publicación de Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), escrito con Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza, marcó un hito en cuanto a profundizar los desmanes de la izquierda en nuestra América.

En Madrid crecieron sus hijos en el contexto de un hogar donde se tocaban todos los temas con respeto e inteligencia. Allí vivieron la transición de la dictadura franquista a la democracia; con la esperanza de que en Cuba pudiera repetirse una transición similar fundó la Unión Liberal Cubana. A Madrid volvió para vivir sus últimos días junto a su familia.

Según Gina comunicó desde la capital española: “Mi padre es un hombre que defendió la libertad para vivir y para morir, y quería morir dignamente en sus términos, y lo hizo, es una decisión muy meditada”. La parálisis supranuclear progresiva, enfermedad neurodegenerativa que padecía desde algunos años, lo llevó a tomar esa decisión.

El incansable defensor de las libertades individuales se acogió a la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia 3/2021, aprobada por mayoría del Congreso de los Diputados en España el 18 de marzo de 2021. Los Montaner regresaron a Madrid el pasado octubre. El 29 de junio, Carlos Alberto –con el apoyo de la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente (DMD), y arropado por su seres más queridos: Linda y Gina, su hijo Carlos, y sus nietas Paola, Gabriela y Claudia– partió en solitario rumbo a otras esfera, donde quiero pensar compartirá inteligencia, pasión y humor.

Atrás queda el legado de un luchador inquebrantable por la democracia, actividad que continúan Gina y Paola. Ambas ejercen el periodismo con similar entrega: comprometidas a hacerlo cuidando la “calidad, la veracidad, la precisión y la credibilidad”, tal como expuso Gina en una entrevista años atrás.

La realidad es que todo toca fin. En su memoria Sin ir más lejos (2019), y a modo de despedida, Montaner escribió: “Llegó la hora de recapitular. Hay que ir haciendo las maletas. Desaparecer es una actividad ingrata que sólo se justifica porque es la única prueba irrefutable de que hemos vivido”.

¡Buen viaje, Carlos Alberto, gracias por el legado de una vida ejemplar y de un valiente e integro final!

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