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Fernando Botero: El maestro de los volúmenes falleció en Mónaco a los 91 años

Fernando Botero

Fernando Botero. Foto: Instagram

Fernando Botero, nacido en Medellín en 1932, alcanzó fama mundial por sus voluptuosas e inconfundibles imágenes, tanto en las monumentales pinturas como esculturas. En ambos medios encontramos personajes procedentes de diversos niveles sociales: desde políticos y religiosos hasta familias, campesinos, frutas, prostitutas y toreros –profesión que de joven Botero quiso seguir–. Por lo general, sus personajes, y emblemáticos desnudos, reflejaban un humor mordaz pero también un toque de ternura que los humanizaba en el contexto del lenguaje eminentemente suyo.

Los que le catalogaban de ligero por sus voluminosas y juguetonas figuras quedaron sorprendidos en 2005. Ese año presentó la serie Abu Ghraib, inspirada en imágenes que emergieron de los abusos perpetrados en la prisión iraquí. “Estas pinturas son el producto de la indignación que me causó las violaciones en Iraq y en el resto del mundo”, dijo a modo de explicación. También había pintado sobre el tráfico de drogas en Colombia. Y recién cumplidos los 80 años, en 2012, inauguró otra serie sorprendente: Vía Crucis, La pasión de Cristo, en el museo de Antioquia, de donde originó.

Aunque demostraba gran control técnico en sus pinturas, es en sus dibujos: carboncillo, lápiz, sanguina y acuarela, donde se aprecia tanto el trazo como el control magistral de la técnica. Tanto en las figuras que aparece en primer plano sobre un fondo neutro como en otros profusamente elaborados. El dibujo equivale a la música de cámara. En 2011, Botero dijo: “El dibujo es la base de todo. No se puede pensar en ningún gran artista sin pensar en su capacidad de dibujo. Además, el dibujo es el estilo, no el color; es una declaración de principios, la identidad que tiene un pintor. Sin saber dibujar es muy difícil crear algo que sea realmente importante”. Y Botero era un maestro del medio.

En el invierno de 1963, New York vivió un contraste cuando en el Museo Metropolitano de esa ciudad, la Mona Lisa de Leonardo da Vinci –en un inusitado viaje diplomático de Francia a Estados Unidos, en respuesta a una petición de Jacqueline Kennedy– provocaba interminables líneas. A unas cuadras, en el Museo de Arte Moderno colgaba Mona Lisa, Doce Años, primera obra de Botero en esa colección. Esa adquisición le significó un espaldarazo al pintor cuya fama iba in crescendo. Le siguieron exhibiciones en galería Claude Bernard de París, y en 1972, en la galería Marlborough de Nueva York. En 1979, tuvo una retrospective en el museo Hirshhorn, de Washington, D.C. Entretanto, la crítica más reconocida lo acribillaba.

“Toda mi vida, los críticos han escrito con ira y furia de mí”, Botero comentó. Les molestaba que mientras el expresionismo abstracto era la pintura de rigor, Botero fuera siempre figurativo. No le perdonaban que con una obra accesible a todos alcanzara enorme popularidad y fortuna. Botero siguió adelante, a pesar de los reveses: tres matrimonios, la pérdida de su hijo Pedrito (producto de su segundo matrimonio) a los cinco años, a consecuencia de un accidente. Poco después comenzó a esculpir sus monumentales esculturas, algunas inspiradas en el niño.

Referente a los volúmenes, Botero explicó que había estudiado la pintura de los maestros italianos, “Me atrajo su uso de los volúmenes y la monumentalidad. Claro, en el arte moderno todo es exagerado, por tanto, mis figuras voluminosas también lo son”. Y aunque podía explorar otras formas, al confort de esos volúmenes siempre regresaba.

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