
La música de mi adolescencia en Cuba no solo acompañó mis días: me convirtió en una romántica incurable, de esas que aprendieron a nombrar el amor con canciones antes que con palabras. Crecí con Un gato en la oscuridad de Roberto Carlos, Completamente enamorados de Chayanne y ¿Por qué me abandonaste? de Paloma San Basilio. Yo no lo sabía entonces, pero estaba creando recuerdos en forma de canciones.
En aquel entonces, la música romántica se escuchaba en todas partes, pero sobre todo en esas conversaciones de muchachas que empezábamos a ponerle nombre al amor con una mezcla de ilusión, atrevimiento y ternura. En ese tiempo, Paloma cantaba historias de amor y desamor, y sus mensajes resonaban en mi corazón como pequeñas revelaciones que una aprende a guardar para cuando la vida empieza a doler de verdad.
Paloma San Basilio nos agasaja con una gira de despedida convertida en celebración que llega a Miami el 12 de abril en el James L Knight Center celebrando sus 50 años de carrera artística

Había algo profundamente femenino en su mirada artística: una fuerza serena, un «yo» que se afirmaba sin alzar la voz y una sensibilidad que no pedía disculpas. Me fascinaban su timbre inconfundible, su porte elegante y esa feminidad poderosa que, en el escenario, se convertía en presencia absoluta. Por eso, cuando me ofrecieron entrevistarla, mi reacción fue más que profesional: fue íntima. Me sentí emocionada, agradecida, casi incrédula ante la posibilidad de conversar con alguien cuya música me había acompañado desde tan lejos y desde tan temprano.
Este año, la talentosa cantautora celebra 50 años de carrera artística. Con más de 16 millones de discos vendidos, su trayectoria ha sido distinguida con reconocimientos de enorme prestigio, entre ellos el Grammy a la Excelencia Musical y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Y recientemente, en Premio Lo Nuestro, recibió el Premio a la Excelencia, un homenaje que reafirma la profundidad de su legado y una influencia que continúa trascendiendo generaciones. «Mi maleta se va llenando de premios y mi corazón también», dice, y uno puede imaginarla sonriendo con ese brillo de quien ha trabajado tanto que el aplauso ya no es necesidad, sino confirmación.

Cuando le pregunto cómo se siente al saber la huella que ha dejado a través de generaciones, responde con una honestidad luminosa: «Al inicio, uno no es consciente. Empiezas porque te gusta, porque tienes la oportunidad, porque quieres hacer una carrera… y vas avanzando. Y, de pronto, un día, te das cuenta de que aquella canción que tú cantaste le llegó a alguien en cualquier parte del mundo. Y entonces piensas: “Dios mío, esto es más importante de lo que yo pensaba”». Su frase tiene el peso de una revelación, como si todavía le sorprendiera la magnitud de lo que sembró.
En esa huella, Paloma reconoce algo que su público ha sabido desde siempre: en muchas canciones fue la voz de las mujeres. Lo dice sin pose, con naturalidad, como quien describe un destino que se fue cumpliendo mientras caminaba. Canciones «rompedoras», «adelantadas», que dieron voz a necesidades, a emociones, a situaciones de sometimiento que no se querían —pero se vivían—. Esa sinceridad también explica por qué gran parte de su audiencia es femenina y por qué el colectivo LGBTQ+ ha sido, para ella, un lugar de abrazo y pertenencia. Lo nombra con gratitud y con una palabra que se repite en su conversación como un mantra: responsabilidad. Porque, para Paloma, el privilegio de ser escuchada siempre ha venido acompañado del deber de honrar ese espacio.
Celebrar 50 años de carrera no es poca cosa. En su caso, se siente menos como un «mira todo lo que hice» y más como un «mira todo lo que vivimos». Cuando le pido que elija una canción que la describa, no recurre a la obviedad ni a la nostalgia fácil. Elige «Vida», una pieza que cantó en una etapa difícil y que hoy sigue sintiendo como un espejo. «Habla de creer en algo, de buscar, de levantarte cuando estás mal, cuando el mundo parece que se oscurece… buscar un poco la luz a través de las personas, de ti mismo». Y ahí está Paloma: la artista que convirtió la vulnerabilidad en una forma de valentía, la mujer que supo cantar la fragilidad sin que se sintiera derrota.
Su gira actual se titula «Gracias», y el nombre no podría ser más exacto. Nace en un momento de transición, cuando ella siente que debe cerrar una etapa para empezar otra distinta. Hay una ternura especial al contar que fue su hija, Ivana, quien le sugirió que, si iba a cambiar de registro, tenía que reencontrarse con la gente, con tantos países, con tantos afectos, para agradecer. «Gracias» no es un adiós dramático: es una celebración, un encuentro, una conversación larga con el público de toda una vida. Llevan más de un año y medio de gira, con cincuenta y tantos conciertos. Y Miami, por supuesto, «no podía faltar». La cita ya está programada para el próximo 12 de abril a las 7 p. m. en el James L. Knight Center. Paloma lo dice con esa certeza de quien entiende la geografía emocional de su audiencia: Miami es una ciudad que guarda memoria latina, que entiende el idioma del escenario como una casa común.

Habla del concierto como un acto de gratitud, casi como una ceremonia de cariño: «Quiero que todo el mundo sepa que es una celebración y que es un encuentro para dar fundamentalmente las gracias por tanto cariño y por tantos años». Y cuando le pregunto por el repertorio, me encanta su respuesta porque revela a la artista que siempre ha sido: no le interesaba hacer un monográfico de sus canciones. Quería un resumen de lo que es ahora, de cómo siente la música hoy. Quería agradecer también a autores clásicos y jóvenes, y sorprender. «La gente se sorprende porque canto canciones que nadie piensa que voy a cantar», confiesa. La idea, explica, es esa: que haya canciones para todas las generaciones y que compartamos «la gran fiesta de la música latina y de la música en español». En su boca, la palabra «fiesta» no suena ligera: suena a identidad, a pertenencia, a una forma de comunicación que nos sostiene.
Paloma cuenta que, en cualquier lugar al que va —una emisora de radio, un programa de televisión—, siempre hay alguien que se le acerca a darle las gracias. Y a veces se emociona, porque le cuentan cosas tan bonitas sobre lo que ha significado en la vida de una persona, de una pareja, de unos padres… o de músicos que le hablan de lo que su forma de entender el escenario aportó a la música. «Uno no es consciente de todo ese legado», reconoce. Y lo dice como quien todavía se maravilla de que su voz haya viajado tanto.
Entonces le hago una pregunta que, en el fondo, es una curiosidad sobre el misterio de la permanencia: cuando mira hacia atrás, ¿qué factor considera que ha definido más su recorrido? ¿La voz? ¿La disciplina? ¿La capacidad de reinventarse? Y me responde con una idea que suena a verdad completa: «Es una mezcla de todo». Su voz fue su instrumento más valioso, el portal por el que llegó la primera oportunidad, la razón por la cual una compañía discográfica se fijó en ella y grabó treinta y tantos discos. Pero la voz sola no explica 50 años. Lo que explica 50 años es una actitud: respeto por el público, respeto por sí misma, trabajo, inconformidad, humildad para pensar que siempre se puede mejorar. Explica su decisión de entrar a musicales para seguir aprendiendo, de no quedarse en un solo registro, de buscar excelencia en distintas direcciones. Y, por encima de todo, una palabra que vuelve con fuerza: empatía. «La relación de afecto, de emoción… me preocupa la gente, me importa. No estoy ahí solo para pasar y hacer un concierto; quiero compartir con ellos».
Y ahí, en ese «compartir», se entiende todo. Paloma San Basilio no es únicamente una artista de trayectoria impecable. Es una intérprete que comprendió que el escenario es un puente y no un pedestal; que la música es memoria, compañía y también una forma de dignidad. Para quienes crecimos escuchándola, su voz ha sido más que entretenimiento: ha sido educación sentimental.
Por eso, esta entrevista para mí no fue una conversación cualquiera. Fue volver, por un instante, a esa adolescencia donde una canción podía explicarte lo que todavía no sabías decir en voz alta. Y ahí entendí algo con una nitidez nueva: el verdadero legado no se mide solo en premios, discos o escenarios, sino en la manera en que una voz puede acompañarte toda la vida, sin que pierda su verdad.
Fotos: Cortesía de Paloma San Basilio


