
Al decir Baruj Salinas mi mente evoca la imagen que abarca al hombre y al artista, porque si alguien integraba ambos con fluidez, talento y elegancia, era él. Sin restarle a ninguno, enriqueciendo ambos por la fusión. Fue un artista comprometido con su obra, que llevaba con disciplinada dedicación. Simultáneamente y con idéntica entrega fue esposo y padre, hermano e hijo, amigo y maestro. Contaba 89 años cuando, arropado por toda su familia, falleció el 18 de agosto.
Igual que el poeta español Antonio Machado, Baruj fue “en el buen sentido de la palabra, bueno”; un hombre de sonrisa franca, palabra gentil, serena manera, profunda espiritualidad. Ávido lector, dotado de inagotable curiosidad y amplia cultura, sencillo y accesible, de fácil y variada conversación. Sus firmes principios nunca le impidieron escuchar posiciones divergentes con mente abierta y actitud respetuosa.
El 6 de julio de 1935, Baruj –cuyo nombre significa bendecido en hebreo– nació en el seno de una familia sefardita ortodoxa en La Habana. A finales del siglo XV, los hebreos fueron expulsados de España –donde por siglos formaron parte intrínseca de las comunidades científicas, literarias, artísticas y filosóficas en la península ibérica–, y encontraron refugio en Turquía. Allí vivieron sus antepasados hasta 1920 cuando se establecieron en Cuba.

No regresó a la isla en 1958, después de graduarse de la escuela de arquitectura en la Universidad Kent State, en Ohio. Estuvo en México junto a su hermano Isaac para finalmente radicarse en Miami hasta 1974 cuando, tras ganar dos Becas Cintas consecutivas, se mudó a Barcelona. Allí colaboró con María Zambrano, José Ángel Valente, Antoni Tapiès y Joan Miró; los dos primeros le impactaron en el uso del blanco en la paleta que habría de definirle por décadas. En esa época conoció a Orlando Blando, galerista cubano radicado en Ginebra, cuyo impulso contribuyó a la publicación de hermosos libros de artista.
En 1992, regresó a Miami donde continuó su labor artística mientras disfrutaba de una vida plena en familia, que años después celebró la llegada de Lucas y Chris, dos nietos a quienes les dedicó amorosa y diaria atención, y con quienes desarrolló una entrañable relación. Además de la vida familiar y artística, Baruj inició una larga tarea magisterial, enseñando pintura en Miami Dade College donde por décadas entabló relaciones humanas definidas por mutua consideración. Era evidente la satisfacción que le producían los logros de sus estudiantes, quienes le apreciaban y admiraban. Con el paso del tiempo muchos se convirtieron en amigos.




La obra de Baruj Salinas es una danza poética entre nubes, bosques, claros, olas y pencas. Una refinada coreografía filosófica y gestual donde predominan el blanco y el gris, entre los cuales aparecen estallidos de color armonizados por letras procedentes de diferentes alfabetos, caligrafía y símbolos que nos remiten a diversas expresiones espirituales. Texto e imagen fusionados en un lenguaje propio. En el paisaje expresionista abstracto parecen escucharse las melodías impresionistas de Gabriel Fauré o las innovadoras composiciones de Eric Satie. Un sutil espacio místico a la medida de Baruj Salinas. Le atribuía el misticismo en su obra a los estudios de la cábala, mientras que el colorismo, según Baruj: “Viene de la niñez, de esa vivencia cubana” cuya luz, mar y verdor energizan su obra. La influencia hebraica queda brillantemente reflejada en el Proyecto Torá (2017), en el que la sensibilidad de Baruj Salinas define esa cosmogonía.
Para mi Baruj junto a Marilyn, su esposa, siempre estarán vinculados a la Capilla del Rosario creada por Matisse y el Museo Chagall, en Niza; a la Colombe d’Or y la Fundación Maeght en Saint Paul de Vence, encantador pueblo aledaño. Allí celebramos su octogésimo cumpleaños. Lo tengo presente cuando saboreo chocolate negro, bebo una taza de té verde sencha o como ajíes asados. Con Baruj y Marilyn he compartido inolvidables reuniones. Algunas en familia, otras junto a amigos queridos; ocasionalmente en petite comité. Siempre hacíamos largas sobremesas, reíamos charlando de temas diversos, intercambiando recomendaciones de libros, exhibiciones, películas. Ensalzando el cotidiano andar.


Amigo querido, hoy no me despido… porque en esos y muchos otros recuerdos estarás permanentemente presente, con tu franca sonrisa y gentileza, sutil sentido del humor y grandiosa humanidad. Deseo para ti un luminoso camino pleno de nubes y bosques; gamas de luz blanca, música de Fauré y un trozo de chocolate, por supuesto del más negro. Que tu curiosidad se nutra de mágico resplandor. Aquí quedan tu familia, amigos y obra: incomparable legado de un hombre eminentemente bueno.
Crédito: fotos cortesía de la familia Salinas


