
Hay artistas que pertenecen al mundo, pero cuya alma siempre regresa al mismo punto cardinal. En el caso de Roselyn Sánchez, ese punto es Puerto Rico. No importa cuántas décadas lleve triunfando fuera de la isla ni cuántos personajes haya encarnado alrededor del planeta: en ella sigue vibrando la niña que caminaba las calles del Viejo San Juan, la joven que soñaba en los pasillos de su universidad, la mujer que sabe que el orgullo boricua no se negocia. «Aunque llevo media vida fuera, yo me siento como si todavía estuviera allí. Ese cordón umbilical jamás se ha roto», confiesa con una emoción que trasciende el lenguaje.
Para Roselyn Sánchez, Puerto Rico no es solo un origen: es un latido constante. Habla de la isla como se habla de un amor que nunca se desgasta,con gratitud, con nostalgia y con una fidelidad que se siente en cada palabra. «Siempre he sentido un orgullo maravilloso de ser boricua», dice, convencida de que su identidad es el cimiento de todo lo que ha logrado y de todo lo que aún quiere construir.
Ese amor se convirtió en el motor de su proyecto más íntimo hasta la fecha: la película Diario, Mujer y Café, que presentó recientemente por todo lo alto en la isla, y con la que ahora continúa conquistando a las audiencias desde la pantalla chica. Lo soñó como una carta cinematográfica a su país, y lo trabajó con la delicadeza de quien desea honrar a su gente y a su paisaje.
Según nos contó, el proceso de producción tomó seis años, marcados por tropiezos, cambios de rumbo y constantes reconstrucciones. «Hacer cine independiente es un rompecabezas que se arma y se desarma mil veces» recuerda. Pero nunca perdió la intuición, esa certeza suave, pero firme que le repetía que la historia valía la pena. «Yo sabía que teníamos algo muy lindo». La película fue escrita, dirigida y coproducida por ella misma, y se gestó con recursos que no dependían de grandes estudios, lo que le permitió mayor libertad creativa. Anne Clements, Frances Lausell y Andrés Ramírez Molina la apoyaron como coproductores, bajo el sello que combina compromiso local y visión internacional.


La expansión creativa de Roselyn Sánchez
Desde el inicio, Roselyn, supo que la película debía mostrar un Puerto Rico luminoso. Lo imaginó como un viaje entre amigas donde el paisaje fuera también personaje; donde las conversaciones se sintieran reales, imperfectas, cercanas. «Cada frame quería que pareciera una postal, que la isla se viera preciosa». Y así fue construyendo un road trip emocional, tan honesto como los vínculos entre mujeres que se acompañan desde la verdad y la vulnerabilidad.
El elenco llegó como suelen llegar las cosas destinadas a ser: entre caos, sorpresas, ajustes y pequeños milagros silenciosos. La película reúne a Angélica Vale, Marisé Álvarez, Karla Monroig y Angelique “Burbu” Burgos como protagonistas, y cuenta además con las actuaciones de Eric Winter, Clarissa Molina, Alejandro Bermúdez y Hermes Croatto en roles secundarios. «Al final entendí que Dios me estaba guiando.
Terminé con el elenco que tenía que estar». Y cuando el público finalmente la abrazó, supo que la travesía había valido la pena. Hoy recibe mensajes de mujeres que se ven reflejadas en la pantalla, que encontraron en la historia un espejo y un alivio. «Nos paran en la calle llorando: ‘Me cambiaste la vida’. Ese amor no tiene precio».

Con los años de trayectoria, la multifacética Roselyn ha aprendido a sostener varios proyectos a la vez, manteniéndose ocupada y siempre presente en la conversación pública. Estos últimos meses no han sido la excepción: a la par de esta celebración, estrenó The Third Parent, un thriller psicológico que la llevó a explorar emociones mucho más complejas.
En el filme, dirigido y escrito por David Michaels y basado en la inquietante historia de Elias Witherow, comparte escena con figuras como Rob Lowe y Crispin Glover, este último dando vida al perturbador personaje “Tommy Taffy”. Nunca imaginó hacer cine de horror, pero la historia llegó en un momento preciso, justo cuando vivía un duelo familiar profundo: su sobrino, Carlos Enrique “Kike” Sánchez Luna, de tan solo 19 años, perdió la vida en un trágico accidente automovilístico en Texas, el 29 de septiembre de 2024.
El rodaje en Budapest se convirtió entonces en un ejercicio emocional muy intenso, donde la ficción y la vida se entrelazaron de maneras impredecibles. «La gente ve glamour, pero no imagina lo que uno carga por dentro», confesó, al reconocer que su actuación se vio permeada por el dolor personal, la vulnerabilidad y la necesidad de transformar el sufrimiento en arte.
Su elección de ese proyecto vino en el momento justo: un guion retador, un personaje exigente, y una vida sacudida que exigía canalizar el duelo con autenticidad. El resultado es una actuación impecable donde Roselyn se permite ser frágil. Con este proyecto, estrenado en cines en octubre del 2025, demostró que el arte puede ser un refugio y una liberación, y que incluso el dolor más profundo puede transformarse en una fuerza creativa: un recordatorio de que seguir adelante no significa dejar de sentir, sino llevar la emoción hasta la pantalla.


En medio de ese torbellino profesional, sostiene también su papel más íntimo: ser mamá. Más allá de las cámaras y los estrenos, su mayor orgullo tiene nombre y apellido: Sebella Rose Winter, su hija ma- yor, nacida en 2012, y Dylan Gabriel Winter, el pe- queño de la familia, nacido en 2017. Ellos son, como suele decir, su verdadera brújula emocional. La maternidad, vivida entre sets, aeropuertos y cambios de husos horarios, le exige una fortaleza particular que no siempre se ve desde afuera. «Me da mucha angustia separarme de mis hijos», admite, «pero tengo la habilidad de desconectarme cuando llego al set. Ellos nacieron en esto».
Con el tiempo, entendió que la presencia genuina no tiene que ver únicamente con estar físicamente ahí, sino con la intención, la energía y la entrega. «Cuando estoy con ellos, estoy con ellos», dice con una seguridad suave, consciente de que sus hijos han crecido viendo a una mamá que trabaja, sueña y sigue adelante sin perder la ternura.
Y en el corazón de esa vida familiar compleja, pero luminosa está también su esposo, el actor y autor Eric Winter, compañero de aventuras desde 2008. Juntos han construido un matrimonio basado en conversación, negociación constante y apoyo mutuo, dos artistas equilibrando carreras exigentes con la crianza de dos hijos. «A veces el trabajo va muy bien, a veces trae problemas… pero sabemos que es parte de nuestra vida», reconoce. En esa frase hay autenticidad, madurez y la certeza de que su relación es un trabajo en equipo, uno que se sostiene en la admiración y en el amor cotidiano.
Después de más de treinta años de carrera, Roselyn no habla de reinvención, sino de expansión. Si antes el centro era actuar, ahora su mirada se abre a la dirección, la producción y la creación de historias propias. «Siento que estoy entrando en una segunda etapa de mi vida». Aun así, conserva un sueño pendiente que le brilla en los ojos cada vez que lo menciona: conquistar Broadway. No lo ve como un simple crédito más en su currículum, sino como su gran examen final, el punto perfecto para completar el círculo de una vida dedicada al arte.
Durante años le han llegado oportunidades, pero nunca ha tenido la disponibilidad que exige un compromiso de esa magnitud. Ella misma reconoce que no se trata solo de decir que sí: tendría que parar todo, retirarse temporalmente de otros proyectos, entrenar fuerte, volver a las clases de baile y de canto, recuperar la disciplina física de los grandes musicales. «Es lo único que me falta para cerrar el círculo… y si está para mí, ya no puedo seguir posponiéndolo», admite, consciente de que a sus 52 años está en un momento en el que cada decisión tiene un peso especial.
Hoy, más que un sueño romántico, Broadway es para ella una meta intencional, una promesa que se ha hecho a sí misma y que está determinada a honrar.
La conversación inevitablemente la lleva a reflexionar sobre la representación latina. Ha sido testigo de los vaivenes de la industria, de épocas de ausencia total a momentos de explosión, para luego volver a la calma. «Cuando empecé no había representación. Era Salma… y ya». Hoy reconoce avances, pero los considera insuficientes. «Tenemos representación, pero se puede contar con una mano. La industria no abraza al talento la- tino como abraza a otras culturas, pero es cíclico». Quizás por eso decidió dejar de esperar pasivamente a que llegaran roles que realmente la representaran. En lugar de conformarse con los espacios que la industria ofrecía —muchas veces limitados, estereotipados o simplemente insuficientes— decidió crear activamente sus propias oportunidades.
La transformación no fue repentina, sino el resultado de años observando cómo funcionaba el sistema desde adentro: quién tenía el poder de contar historias, quién definía qué personajes merecían existir y cuántas veces las mujeres —y especialmente las latinas— quedaban al margen de esas decisiones. «Si espero a que me ofrezcan dirigir, pasan 20 años más. Lo produzco yo, lo escribo yo… y lo hago» afirma, con la claridad de quien entendió que el control creativo es la libertad más valiosa.

Esa filosofía la ha llevado a apostar por el cine independiente, un espacio donde la autenticidad tiene cabida y donde las historias no están sujetas a fórmulas ni a tendencias. Para ella, producir no es solo una función: es una forma de resistencia, una declaración de independencia y, sobre todo, una manera de abrir el camino para otras mujeres. En Roselyn, la productora y la directora conviven con la actriz, pero también con la mujer que reconoce que su voz tiene peso y que ya no necesita esperar a que alguien más le dé permiso para usarla.
Así es Roselyn Sánchez: decidida, luminosa, compleja y profundamente humana. Tan internacional como local. Tan artista como mujer de familia. Tan multifacética como firme en sus raíces. Y sobre todo, tan boricua como el primer día. «Estoy conten- ta», dice hacia el final, con una mezcla de humildad y determinación. «He logrado mucho, pero todavía me falta. Sigo aquí, con la misma pasión con la que me fui de Puerto Rico siendo tan joven».
La isla la habita. Y gracias a ella, Puerto Rico también habita en el mundo.
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Fotógrafo y estilismo (vestido blanco): Paul Anthony @paulanthonylove
Fotógrafo (pantalón): Jesus Cordero @jesuscorderophoto
Cabello y maquillaje: Millie Morales @bbellabymillie
El resto de las fotos: Marianela Manzanilla @photomanzanilla
Cabello y maquillaje: Gerald Santiago @geraldstylist
Relacionista pública: Brenda Rodríguez @brendamrodriguez_pr


